Por: Irma Duarte
⚠️ SPOILERS ⚠️
Hace 15 años, a cualquiera podría sorprenderle que, a casi 30 años del estreno de una cinta, le llegara una secuela. En especial si fuera de una historia que pareciera estar completamente cerrada, sin ningún hilo sin atar que diera pauta a más películas. Sin embargo, estando en la era en la que todo parece ser un legacy sequel o una construcción sobre un IP existente, el hecho que “Practical Magic 2” se estrene ya no sorprende, si no que incluso emociona por las posibilidades de qué podría pasar en una historia que pareciera que ya disfrutaba su final feliz.
En 1998, “Practical Magic” se estrenó con dos de las actrices más importantes del momento: Nicole Kidman y Sandra Bullock. Ésta seguía la historia de las hermanas Owen, dos brujas que estaban condenadas a vivir sin amor gracias a una maldición en la que cualquier hombre que amaran moriría de manera violenta. Esta situación obviamente las llevaría a mucho dolor, pero también, a una vida en la que el eje de su existencia fuera su relación entre hermanas (y con sus tías e hijas). La primera parte acaba con las brujas haciendo paz con la maldición, eligiendo amar a pesar de todo y a criar a sus hijas en un ambiente dónde se hablará abiertamente con ellas y con su comunidad de su naturaleza brujil.
Casi 30 años después, regresamos con las hermanas Owen para descubrir que, poco tiempo después de que las dejamos originalmente, Sally (Bullock), tras perder a Gary, decide hechizar a sus hijas para que olvidaran sus poderes con tal de ahorrarles el dolor que la maldición traería a sus vidas. Gillian (Kidman), su hermana, además de sus tías, Jet (Dianne Wiest) y Frances (Stockard Channing), son forzadas a ser cómplices en esto además de testigos de como Sally termina por reprimir su personalidad y sus poderes. Todo pareciera seguir en este rumbo hasta que Kiley (Joey King), la hija mayor de Sally, profesa su amor a Gillian (Xolo Maridueña), su pareja, causando que él se accidente y se quede en un coma. Afligida por el dolor, Kylie decide seguir las instrucciones de un libro misterioso que aparece en la vida de la familia Owens que promete tener la solución para la maldición que por generaciones les ha afectado, desencadenando así que Sally y Gillian tengan que ir por ella a Inglaterra.

Warner Bros Pictures. 2026.
A grandes rasgos, la historia es una que pareciera deshacer lo que se plantea en la primera cinta: una realidad en la que, a pesar de todo, deciden amar y hacer paz con lo que su vida les promete. Ahora las encontramos lejos de la fantasía y en un presente doloroso: siendo cómplices en el dolor de Sally y en lo que ocultan de Kylie y Antonia. Por si fuera poco, toda esta nueva información cae como balde de agua fría cuando las hijas, quienes originalmente fueron interpretadas por Evan Rachel Wood y Alexandra Artrip, ahora son interpretadas por Joey King y Maisie Williams. Si bien, se puede entender que tenían que hacer este retcon para dar pauta a esta nueva cinta, no deja de ser sorpresivo – y sobre todo cuando así es como se nos introduce nuevamente a los personajes.
Dejando de lado todas estas diferencias con la original, es que podemos disfrutar cómodamente de la magia de la nostalgia. El regresar a la icónica casa en la costa, con rincones decorados al máximo y una fachada de ensueño, despierta en todos los espectadores que crecieron viendo la cinta la fantasía de llamar casa a esa vivienda. Los callbacks a la primera parte, de las hermanas bajo las sábanas conversando, las tazas de café que se mezclan solas y la vida cotidiana en la casa son muy tiernos. Los personajes, tanto nuevos como viejos, siguen vistiendo al último grito de la moda bohemia – dando envidia e inspiración para la nueva tanda de atuendos otoñales.

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Por su lado, las tías, Jet y Frances, siguen siendo ellas mismas: robando suspiros por su papel y por la leyendas que las interpretan (Dionne West y Stockard Channing). Si bien, la pérdida de las dos es parte orgánica de la historia (e incluso, la catalista de los hechos), no deja de ser altamente emotiva. Sobre todo cuando Jet asciende, compartiendo unas últimas palabras para después convertirse en estrellas mientras suena “Landslide” de fondo. Es sumamente imposible no llorar en esta escena. De igual modo, las lágrimas caen cuando al final, Frances camina hacia ella como parte de las últimas secuencias (dando a entender así, su sacrificio).
Si algo, la debilidad más grande de la cinta son los diálogos. Ahora caen en la tendencia moderna de ser sumamente explicativos. A causa de esto, la inteligencia de los personajes difiere profundamente de la primera y brinca con la construcción original. Sally ahora es, además de más contenida por su dolor, un poco más como un papel de Bullock en sus miles de películas (uptight intentando ser clumsy y cute). Sus hijas, Kylie y Antonia, son sumamente desaprovechadas. Antonia, interpretada por Maisie Williams, es reducida a una tercera parte – cosa que es lamentable considerando el rango actoral de Williams. Por su parte, Kylie, tan solo es utilizada como un peón para avanzar la trama, nunca ahondando lo suficiente en ella más allá de su amor por su pareja. Afortunadamente, Gillian (Kidman) sigue siendo el espíritu libre de la primera cinta, el que es campeón de que su hermana regrese a su naturaleza y a su sensualidad. Ésto es extremadamente refrescante en un mundo en el que se está regresando al pensamiento que la sexualidad para las mujeres acaba después de los 30.

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A grandes rasgos, el problema de la cinta es parecido al de la primera, demasiadas narrativas unidas por cambios bruscos que no parecieran tener sentido. Sin embargo, los pequeños momentos y la honestidad ante lo emocional es lo que hacen que valga la pena. Que el foco se mantenga en las hermanas, en el poder que existe en este lazo sororo, también reconforta. El ayudarnos a descentralizar el romance – y entender que sí, el amor importa – pero que la hermandad y el apoyarnos unos a otros aún más. Finalmente, el regresar llenos de nostalgia con las Owen, a su casa, por una margarita de media noche, siempre valdrá la pena.


